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Un estudio calcula el gasto en sanidad y las pérdidas de ingresos causados por niveles bajos de exposición a determinadas sustancias químicas sintéticas

 

La exposición prolongada de baja intensidad a interruptores endocrinos le cuesta a los EE.UU. 340.000 millones de dólares al año en concepto de gastos en atención sanitaria y pérdidas de ingresos, de acuerdo con los datos arrojados por un estudio epidemiológico (Lancet Diabetes Endocrinol. 2016, DOI: 10.1016/S2213-8587(16)30275-3).

 

Estos compuestos, que están muy presentes tanto en productos de consumo como en sus envoltorios, y que también son habituales en las industrias farmacéutica y agrícola, pueden interferir en el funcionamiento hormonal y contribuir al desarrollo de diversas enfermedades y problemas de salud.

 

La estimación aproximada de este coste lo sitúa en el 2.3% del Producto Interior Bruto (PIB) de los EE.UU. Para entender esas cifras en contexto, el equipo de investigadores estableció con anterioridad la cuantía del mismo coste para la Unión Europea en 217000 millones de dólares, lo que equivale aproximadamente al 1.3% de su PIB (Andrology 2016, DOI: 10.1111/andr.12178).

 

Los autores del estudio, que son expertos en investigación sobre interruptores endocrinos, atribuyen la diferencia en porcentaje del PIB entre ambas regiones a desigualdades en políticas de salud y seguridad, así como a diferencias en la regulación de la industria química. Según su interpretación, los descubrimientos muestran que EE.UU. necesita claramente requisitos más estrictos sobre las pruebas que se llevan a cabo sobre las sustancias químicas, incluso sobrepasando la recientemente revisada Ley de Control de Sustancias Tóxicas.

 

En el nuevo estudio, el equipo encabezado por el epidemiólogo Leonardo Trasande de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York (EE.UU.) analizó muestras de sangre y orina para registrar la presencia de interruptores endocrinos en los participantes estadounidenses en la Encuesta Nacional de Examen de Salud y Nutrición (NHANES, por sus siglas en inglés), que anualmente reúne información sobre prevalencia de enfermedades y factores de riesgo de las principales enfermedades. A partir de estos datos, los investigadores utilizaron modelos generados por ordenador para estimar los daños causados por las enfermedades basadas en la exposición a estos agentes químicos y calcular los costes sanitarios y las pérdidas de ingresos originados por cada enfermedad.

 

Trasande y sus colaboradores concentraron sus estudios en familias de compuestos químicos presentes en (o utilizados en la fabricación de) botellas de plástico, latas metálicas, detergentes, retardantes de llama, juguetes, cosméticos y pesticidas, como puede ser el caso de polibromodifenil éteres (PBDE), organofosfatos, ftalatos y bisfenol A. Los investigadores dicen que sus análisis confirman que la exposición de rutina a interruptores endocrinos aumenta las tasas de aparición de desórdenes neurológicos y de comportamiento, como por ejemplo autismo y trastorno por déficit de atención con hiperactividad, lo que conllevaría a una reducción de coeficiente intelectual. Afirman además que la exposición química aumenta la infertilidad masculina, las malformaciones congénitas, la obesidad, la diabetes y algunos tipos de cáncer.

 

Por ejemplo, el análisis muestra que la exposición a los retardantes de llama PBDE y a los pesticidas organofosforados es responsable anualmente de aproximadamente las dos terceras partes del total de enfermedades asociadas con los interruptores endocrinos, principalmente debido a los daños neurológicos en nonatos. Concretamente, según Trasande, la exposición anual a los PBDE es la causante de 43000 casos de “discapacidad intelectual” y de la pérdida de 11 millones de puntos de cociente intelectual (IQ) en niños, materializada en 266.000 millones de dólares por cargas asociadas. Mientras tanto, se estima que la exposición a pesticidas provoca 7500 casos de discapacidad al año y la pérdida de 1.8 millones de puntos de IQ, alcanzando costes en sanidad de 44700 millones de dólares.

 

“Basándonos en nuestros análisis, es necesario establecer un seguimiento y regulación mucho más estrictos sobre los interruptores endocrinos,” comenta Trasande. “Este seguimiento debería incluir no sólo ensayos de seguridad para el uso de estos compuestos en la fabricación de productos comerciales antes de que los compuestos químicos reciban la aprobación estatal/federal, sino también estudios sobre su impacto en la salud a lo largo del tiempo una vez hayan comenzado a usarse en productos de consumo.”

 

En una nota de prensa a la que C&EN tuvo acceso, el Consejo Americano de Química (ACC, por sus siglas en inglés), que es la mayor asociación mercantil en la industria química, rechazó de plano los resultados y conclusiones presentados en el análisis. El estudio, dice la ACC, “es el último de una serie de artículos en los que el Dr. Trasande y sus colegas demuestran una indiferencia trivial hacia los principios científicos, persiguiendo únicamente titulares en prensa”. Continúa el comunicado cargando contra las conclusiones del artículo, que “son, en el mejor de los casos, especulaciones basadas en información incompleta e inexacta acerca de la relación entre sustancias químicas y salud humana.”

 

La ACC añade en su comunicado que algunos de los compuestos químicos incluidos en el estudio no cumplen los requerimientos de la Organización Mundial de la Salud que definen a los interruptores endocrinos, que los autores han escogido meticulosamente estudios que muestran correlaciones incompletas e inconsistentes entre compuesto químico y enfermedad, y que los métodos empleados por los autores para generar los datos económicos han sido reiteradamente criticados por economistas y por la Comisión Europea.

 

 “Lo único peor que las numerosas inconsistencias presentes en el artículo es que no ayuda de ninguna manera en el avance de la protección de la salud pública”, continúa el comunicado”. “La ACC apoya enérgicamente el Programa de Estudio de Interruptores Endocrinos de la Agencia de Protección Medioambiental de los EE.UU., y continuaremos contribuyendo de manera significativa y con datos corroborados científicamente para ayudar a que los juristas tomen decisiones relevantes en torno a la seguridad de sustancias químicas en el mercado.”

 

“La interrupción endocrina altera radicalmente la visión tradicional del balance entre beneficios e inconvenientes asociados a la industria química”, indica Terrence J. Collins, catedrático de química y director del Instituto de Química Sostenible de la Universidad Carnegie Mellon (Pittsburgh, EE. UU.), en respuesta al nuevo estudio. “Es de vital importancia que la interrupción endocrina se convierta en una parte prioritaria de la educación de los químicos y lidiemos con los desafíos de la manera oportuna. Se ha alcanzado un progreso inmenso al sentar las bases de cómo arreglárselas con la interrupción endocrina, y este estudio aporta nueva información que ayuda a entender por qué es tan importante.”

 

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Nota: Algunos ejemplos escogidos. TDAH = Trastorno por déficit de Atención con Hiperactividad (ADHD, por sus siglas en inglés).
Fuente: Lancet Diabetes Endocrinol. 2016, DOI: 10.1016/S2213-8587(16)30275-3

 

Artículo original publicado por Stephen K. Ritter en C&EN
Copyright © 2016, por la American Chemical Society. Todos los
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Web: Gomobel
Licenciado en Química por la Universidad de Zaragoza. Erasmus en la Universidad Pierre y Marie Curie de París. Actualmente realizo mi tesis doctoral sobre Química Bioorgánica en el Instituto de Síntesis Química y Catálisis Homogénea (UZ-CSIC). Divulgo todo lo que puedo porque me encanta, podéis leerme en @electrones, @isqch_divulga y escucharme en @elnanoscopio y @sciencebitches.