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Los grandes pensadores de la era de la Razón y de la Ilustración eran científicos. Muchos de ellos no sólo contribuyeron en campos como matemáticas, física y fisiología, sino que todos ellos eran ávidos teóricos sobre la naturaleza humana. Eran neurocientíficos cognitivos, que trataron de explicar el pensamiento y las emociones en base a mecanismos físicos del sistema nervioso. Eran psicólogos evolucionistas, que especularon sobre la vida como un aspecto de la naturaleza y sobre los instintos animales que están “imbuidas en nuestro seno”. Y eran sociólogos, que escribían sobre los sentimientos morales que nos unen, las pasiones egoístas que nos enardecen y la debilidad que supone nuestra estrechez de miras, que frustra nuestros mejores planes.

 

Estos pensadores –Descartes, Spinoza, Hobbes, Locke, Hume, Rousseau, Leibniz, Kan, Smith- tienen un mérito aún mayor, al haber articulado sus ideas en ausencia de una teoría formal y de datos empíricos. La teoría de la información, computación y la teoría de juegos todavía estaban por inventar. Las palabras neurona, hormona y gen no significaban nada para ellos. Al leer a estos pensadores, muchas veces me gustaría viajar atrás en el tiempo para darles un poco de la ciencia que se enseña en el siglo XXI en primero de carrera y que rellenaría huecos en sus razonamientos o que los ayudaría a evitar un tropiezo. ¿Qué habrían dado estos gigantes por este conocimiento? ¿Qué podrían haber hecho con él?

 

No tenemos por qué fantasear con este escenario, porque vivimos en él. Tenemos los trabajos de los grandes pensadores y sus herederos y tenemos un conocimiento científico que ellos no podrían haber soñado siquiera. Es una época extraordinaria para entender la condición humana. Los problemas intelectuales de la antigüedad están siendo iluminados por las revelaciones de la ciencias que se ocupan de la mente, el cerebro, los genes y la evolución. Para explorar estos problemas se han desarrollado poderosas herramientas que van desde neuronas genéticamente diseñadas que puede controlarse con haces finísimos de luz hasta la recolección de grandes cantidades de datos para entender cómo se propagan las ideas.

 

Cualquiera pensaría que los escritores de humanidades estarían encantados y motivados por el surgimiento de nuevas ideas desde la ciencia. Pero nos equivocaríamos. Aunque todo el mundo apoya la ciencia cuando ésta puede curar una enfermedad, vigilar el medio ambiente o arrollar a los oponentes políticos, la irrupción de la ciencia en los territorios de las humanidades no ha sido bien recibida. Igualmente denostado es el uso del razonamiento científico a la hora de hablar de religión; muchos escritores que no muestran ninguna señal de creer en dios sostienen que hay algo impropio cuando los científicos intentan contestar a las grandes preguntas. En los grandes diarios de opinión, a los escritores científicos se les acusa de forma continua de determinismo, reduccionismo, esencialismo, positivismo y, la peor de todas, algo llamado cientifismo. En los últimos cuatro años, sólo en este medio he podido leer cuatro acusaciones de cientifismo, que se unen a los ataques en Bookforum, The Claremont Review of Books, The Huffington Post, The Nation, National Review Online, The New Atlantis, The New York Times y Standpoint.

 

Las variadas posiciones políticas de estas publicaciones reflejan la naturaleza bipartidista del resentimiento. El siguiente fragmento, de una revisión sobre tres libros de Sam Harris publicada en The Nation y escrita por el historiador Jackson Lears, sirve de punto de partida para ver el ataque desde la izquierda:

 

“Las suposiciones positivistas proporcionaron los cimientos epistemológicos para las nociones de progreso del darwinismo social y de la cultura popular, así como para el racismo científico e imperialista. Estas tendencias se juntan en la eugenesia, la doctrina que dice que el bienestar humano podría mejorar y llegado el caso perfeccionarse a través de la reproducción selectiva de los “aptos” y la esterilización o eliminación de los “no aptos”… Hasta los niños de primaria saben lo que viene después: el catastrófico siglo XX. Dos guerras mundiales, la matanza sistemática de inocentes a una escala jamás vista anteriormente, las proliferación de armas con una capacidad de destrucción inimaginable, guerras en la periferia del imperio – todos estos eventos involucran, en diversos grados, la aplicación de la investigación científica en tecnologías avanzadas.”

En el caso de un ataque desde la derecha, este discurso de 2007 de Leon Kass, consejero de George W. Bush sobre bioética, es igual de mesurado que el anterior:

 

“Las ideas y descubrimientos científicos sobre los seres vivos y el hombre, que son perfectamente acogidas y que por sí mismas no hacen ningún daño, están siendo alistadas para una guerra contra nuestras enseñanzas tradicionales tanto religiosas como morales, e incluso contra nuestra concepción como criaturas con libertad y dignidad. Una fe cuasireligiosa ha aparecido entre nosotros – dejad que lo llame “cientifismo desalmado” – y que cree que la nueva biología elimina todo misterio, pudiendo dar cuenta de toda la vida humana, dando explicaciones puramente científicas al pensamiento humano, el amor, la creatividad, el juicio moral e incluso el por qué creemos en dios… No caigáis en el error. Nos apostamos mucho en esto: nos va en ello la salud moral y espiritual de nuestra nación, la vitalidad de la ciencia, y nuestra misma concepción como seres humanos y occidentales.”

 

Son atacantes realmente entusiastas. Pero sus argumentos son débiles. La totalidad de la ciencia no puede ser culpada de genocidios y guerras y no amenaza la salud moral y espiritual del país. Más bien es imprescindible en todos los ámbitos, incluyendo la política, las artes y la búsqueda de  sentido, finalidad y la moralidad.

 

El término cientifismo no está del todo claro, es más un término despectivo que una etiqueta para referirse a una doctrina coherente. A veces lo ponen al mismo nivel que posiciones alocadas, como “la ciencia es todo lo que importa” o que “se tiene que confiar en los científicos para resolver todos los problemas”. A veces se acompaña de adjetivos como simplista, naïve y vulgar. Este vacío en la definición me permite imitar a los activistas gays cuando adoptaron el término de queer, y apropiarme del término peyorativo para aplicarlo a una posición que estoy dispuesto a defender.

 

El cientifismo,  en el buen sentido de la palabra, no es la creencia de que los miembros de ese gremio que llamamos “ciencia” sean particularmente sabios o nobles. Al contrario, las prácticas definitorias de la ciencia, que incluyen el debate abierto, la revisión por pares, y los ensayos de doble ciego, están específicamente diseñados para evitar los errores y los pecados a los que los científicos, que son también seres humanos, son vulnerables. El cientifismo no significa que todas las hipótesis científicas actuales sean ciertas; la mayor parte de las novedosas no lo son, ya que la sucesión entre la conjetura y su refutación es el ciclo de la vida de la ciencia. No es un impulso imperialista el ocuparse de las humanidades; la esperanza de la ciencia es enriquecer y diversificar las herramientas intelectuales de las humanidades, no eliminarlas. Y tampoco se trata del dogma de que tan sólo existan las cosas físicas. Los propios científicos están inmersos en ese medio etéreo que es la información, que incluye las verdades matemáticas, la lógica de sus teorías y los valores que les guían en su iniciativa. En su concepción, la ciencia está unida a la filosofía, la razón y la Ilustración humanista. Se la distingue por el compromiso claro a dos ideales, y son estos los que el cientifismo intenta comunicar en su vida intelectual.

 

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El primero es que el mundo en inteligible. Los fenómenos que experimentamos pueden ser explicados por principios que son más generales que los propios fenómenos. Estos principios puede que sean explicados a su vez por principios más fundamentales, etcétera. Al intentar explicar el mundo, debería haber muy pocas veces en las que nos viéramos obligados a admitir que “las cosas son como son”, “es magia” o “Es así porque lo digo yo”. El compromiso con la inteligibilidad no es una fe ciega, sino que poco a poco se valida a medida que vamos explicando el mundo en términos científicos. Los procesos de la vida, por ejemplo, se solían atribuir a una misteriosa fuerza vital (étan vital); hoy en día sabemos que son posibles gracias a las reacciones químicas y físicas entre moléculas complejas.

 

Los críticos del cientifismo a menudo confunden la inteligibilidad con un pecado llamado reduccionismo. Pero explicar un suceso complejo a partir de principios más profundos no es despreciar su riqueza. Ninguna persona en sus cabales trataría de explicar la Primera Guerra Mundial en el lenguaje de la física, la química y la biología en oposición al lenguaje de las percepciones y los objetivos de los líderes de la Europa de 1914, que es mucho más claro. Al mismo tiempo, una persona curiosa puede preguntarse, legítimamente, el por qué las mentes humanas son capaces de tenes esas percepciones y objetivos, lo que incluye el tribalismo, el exceso de confianza y el sentido del honor que llevó a la combinación letal de ese momento histórico.

 

El segundo ideal es que la obtención de conocimiento es dura. El mundo no se esfuerza precisamente en mostrarnos cómo funciona y, aunque lo hiciera, nuestras mentes son proclives a ver espejismos, falacias y supersticiones. Las causas más tradicionales para creer – fe, revelación, dogma, autoridad, carisma, sabiduría popular, el ánimo que da la certeza subjetiva- son generadores de errores y deberían ser descartadas como fuentes de conocimiento. Para entender el mundo, hemos de crear soluciones para superar nuestras limitaciones cognitivas, lo que incluye el escepticismo, el debate abierto, la precisión formal y los experimentos empíricos, lo que a menudo requiere altas dosis de ingenio. Cualquier movimiento que se autodenomine “científico” pero no favorezca las posibilidades de falsar sus propias creencias (y de forma mucho más obvia cuando directamente asesina o encarcela a las personas que no están de acuerdo con él) no es un movimiento científico.

 

Entonces, ¿de qué maneras ilumina la ciencia los asuntos humanos? Permítanme empezar con el más ambicioso: las preguntas más profundas sobre quiénes somos, de dónde venimos y cómo definir el significado y propósito de nuestras vidas. Este es el territorio tradicional de la religión, y sus defensores tienden a ser los críticos más excitables del cientificismo. Son propensos a respaldar el plan de división propuesto por Stephen Jay Gould en su peor libro, “Ciencia versus religión, un falso conflicto”, según el cual las preocupaciones propias de la ciencia y la religión pertenecen a “magisterios que no se superponen”. La ciencia toma el universo empírico; la religión toma las preguntas de significado y valor morales.

 

Desafortunadamente, este entendimiento se resuelve tan pronto como comienzas a examinarla. La visión moral del mundo de cualquier persona conocedora de las ciencias –aquella que no tenga prejuicios fundamentalistas- hace necesaria una ruptura radical de los conceptos de significado y valor religiosos.

 

Para empezar, los descubrimientos científicos implican que los sistemas de creencias de todas las religiones y culturas tradicionales del mundo –sus teorías sobre los orígenes de la vida, los seres humanos y las sociedades- están objetivamente equivocadas. Sabemos, pero nuestros ancestros no, que los humanos pertenecen a una única especie de primate africano que desarrolló la agricultura, el gobierno y la escritura en su historia reciente. Sabemos que nuestra especie es una pequeña ramita del árbol genealógico que  contiene todos los seres vivos que emergieron de los compuestos químicos prebióticos aproximadamente hace cuatro mil millones de años. Sabemos que vivimos en un planeta que da vueltas alrededor de una de las miles de millones de estrellas de nuestra galaxia, que es una de las miles de millones de galaxias de un universo de 13.800 millones de años, posiblemente uno en un gran número de universos. Sabemos que nuestras intuiciones sobre el espacio, el tiempo, la materia y las causas son inconmensurables con respecto a la naturaleza de la realidad a escalas que son muy grandes y muy pequeñas. Sabemos que las leyes que gobiernan el mundo físico (incluyendo los accidentes, las enfermedades y otras desdichas) no tienen metas que atañan al bienestar del ser humano. No hay tales cosas como el destino, la providencia, el karma, los hechizos, maldiciones, augurio, retribuciones divinas o rezos respondidos  – a pesar de que la discrepancia entre las leyes de la probabilidad y el funcionamiento del conocimiento pueda explicar porque la gente crea que sí. Y sabemos que no siempre hemos sabido estas cosas, que las amadas convicciones de cada momento y cultural pueden ser falsificadas de una manera firme, incluyendo sin duda algunas de las que hoy mantenemos.

 

En otras palabras, la visión del mundo que guía los valores morales y espirituales de una persona educada hoy es la visión del mundo que nos ha dado la ciencia. A pesar de que los hechos científicos no dictan valores por ellos mismos, si los acorralan las posibilidades. Separando la autoridad eclesiástica de su credibilidad sobre los hechos, arrojan dudas sobre su afirmación de certeza en los asuntos morales. La refutación científica de la teoría de los dioses vengativos y las fuerzas ocultas debilita prácticas como el sacrificio humano, cazas de brujas, curación con la fe, Juicios de Dios y la persecución de herejes. Los hechos de la ciencia, exponiendo la ausencia del propósito en las leyes que gobiernan el universo, nos obligan a asumir responsabilidades por nuestro propio bien, el de nuestra especie y el de nuestro planeta. Por la misma razón, minan cualquier sistema moral o político basado en fuerzas místicas, cruzadas, destinos, dialéctica, pruebas o eras mesiánicas. Y en combinación con unas pocas convicciones irreprochables – la de que todos valoramos nuestro propio bien y que somos seres sociales que afectamos a otros y que podemos negociar códigos de conducta – los hechos científicos conducen hacia una moralidad justificable, específicamente adherida a principios que maximicen la prosperidad de los seres humanos y otros seres conscientes. Este humanismo, que es inseparable del conocimiento científico del mundo, se está convirtiendo de facto en la moralidad de las democracias modernas, las organizaciones internacionales y las religiones liberalizadas, y sus promesas aún no cumplidas definen los imperativos morales a los que nos enfrentamos hoy.

 

Además, la ciencia ha contribuido –directa y enormemente- al cumplimiento de estos valores. Si uno hiciese una lista de los logros más honrosos de nuestra especie (dejando aparte la eliminación de los obstáculos que hemos puesto en nuestro propio camino, como la abolición de la esclavitud y la derrota del fascismo), muchos serían regalos que nos ha otorgado la ciencia.

 

El más obvio de todos es el estimulante logro del propio conocimiento científico. Podemos decir mucho sobre la historia del universo, las fuerzas que lo hacen moverse, las cosas de las que estamos hechos, el origen de las cosas vivas y la maquinaria de la vida, incluyendo nuestra propia vida mental. Todavía mejor, este conocimiento no solo consiste en un listado de hechos, sino en profundos y elegantes principios, como la visión de que la vida depende de una molécula que lleva información, dirige el metabolismo y se replica a sí mismo.

 

La ciencia también ha dado al mundo imágenes de una belleza sublime: el movimiento congelado estroboscópicamente, organismos exóticos, galaxias distantes y planetas exteriores, los circuitos neurales fluorescentes, y un planeta Tierra luminoso saliendo sobre el horizonte de la Luna hacia la oscuridad del espacio. Como las grandes obras de arte, estas no son solo bonitas imágenes, sino que nos deberían espolear hacia la contemplación, que nos hace profundizar en el conocimiento de lo que significa ser humano y cuál es nuestro lugar en la naturaleza.

 

Y en contra de la generalizada mentira sobre que dice que la tecnología ha creado una distopía de aislamiento y violencia, cada medida global del florecimiento humano va en aumento. Los números muestran que después de milenios de pobreza casi universal, un porcentaje de la humanidad que va creciendo constantemente sobrevive al primer año de vida, va  a la escuela, vota en las democracias, vive en paz, se comunica a través de teléfonos móviles, disfruta los pequeños lujos y llega a la tercera edad. Y si quieres ejemplos de verdadera grandeza moral, ves a la Wikipedia y lee las entradas de la “viruela” y la  “peste bovina”. Las definiciones son en tiempo pasado, indicando que el ingenio humano ha erradicado dos de las causas más crueles de sufrimiento en la historia de nuestra especie.

 

Aunque la ciencia está beneficiosamente involucrada en nuestra vida material, moral e intelectual, muchas de nuestras instituciones culturales, incluyendo los programas de artes liberales de muchas universidades, cultivan una ignorante indiferencia a la ciencia que raya en el desprecio. Estos estudiantes pueden graduarse en universidades de élite habiendo tenido un insignificante contacto con la ciencia. Habitualmente piensan que a los científicos ya no les importa la verdad, sino que meramente se limitan a seguir la moda de paradigmas cambiantes. Una campaña de demonización que anacrónicamente culpa a la ciencia de crímenes que son tan viejos como la civilización, incluyendo racismo, esclavitud, conquista y genocidio.

 

Igual de habitual, y también históricamente analfabeto, es el culpabilizar a la ciencia de movimientos políticos que tienen una pátina pseudocientífica, en particular culpabilizarla de el Darwinismo Social y la eugenesia. El Darwinismo Social fue la mal llamada filosofía “laissez-faire” de Herbert Spencer. Fue inspirado no por la teoría de la selección natural de Darwin, sino por el concepto de la época Victoriana de Spencer de una misteriosa fuerza natural para el progreso, que era mejor dejar sin impedimentos. Hoy en día, el término se usa a menudo para desprestigiar cualquier aplicación de la evolución a la comprensión de los seres humanos. La eugenesia fue la campaña, popular entre la izquierda y los progresistas en las primeras décadas del siglo XX, para la última forma de progreso social, mejorar el acerbo genético de la humanidad. Hoy en día, el término es comúnmente usado para atacar a la genética del comportamiento, el estudio de las contribuciones genéticas a las diferencias individuales.

 

Puedo atestiguar que este reproche no es una reliquia de la guerra contra la ciencia de la década de los 90. Cuando Harvard combió sus requisitos de educación general de 2006 a 2007, el informe preliminar del equipo encargado introdujo la enseñanza de la ciencia sin hacer  mención alguna al lugar que ocupa en conocimiento humano: “La ciencia y la tecnología afectan directamente a nuestros estudiantes en muchos sentidos, tanto positivos como negativos: han llevado a medicamentos que salvan vidas, la internet, un almacenamiento más eficiente de energía, y al entretenimiento digital; pero también han llevado a las armas nucleares, agentes de guerra biológica, las escuchas electrónicas y el daño al medio ambiente.” Esta extraña ambigüedad entre lo útil y lo nefasto no se aplicó a otras disciplinas. (Imaginen que se intentase motivar el estudio de la música clásica resaltando que genera actividad económica y que inspiraba a los nazis.)  No hubo reconocimiento alguno de que podemos tener buenas razones para preferir la ciencia y el conocimiento a la ignorancia y la superstición

 

En una conferencia en 2011, otra colega resumió lo que pensaba que sería el legado mixto de la ciencia: la erradicación de la viruela por un lado, y los estudios de la sífilis en Tuskegee por otro. (En ese estudio, que es un punto común en la narrativa habitual sobre las maldades de la ciencia, unos investigadores de la sanidad pública empezaron en 1932 un seguimiento de la progresión de la sífilis latente sin tratar en una muestra de afroamericanos pobres). La comparación es obtusa. Asume que el estudio fue el inevitable lado oscuro del progreso científico en lugar de una infracción universalmente deplorable, y se compara un fallo de una sola vez para evitar dañar a una docena de personas con la prevención de cientos de millones de muertes por siglo, a perpetuidad.

 

La aplicación de la neurociencia, la evolución y la genética a asuntos humanos ha sido una de las mayores razones últimamente para las acusaciones de cientifismo. Es verdad que muchas de estas aplicaciones son simplistas o están equivocadas, y que es normal que se las critique: escanear el encéfalo de los votantes mientras miran caras de políticos, atribuir la guerra a una gen de la agresión, explicar la religión como un adaptación evolutiva para unir más al grupo. Sí, no es la primera vez que oímos a intelectuales que no tienen nada que ver con la ciencia apoyar ideas que son simplistas o erróneas, y nadie dice que los académicos de humanidades deban quedarse en sus cubículos y no discutir sobre esas materias. Es un error el usar esos pocos ejemplos de ciencia mal conducida como excusa para poner en cuarentena a la ciencia en su totalidad como un intento de intentar entender la condición humana.

 

Tomemos como ejemplo nuestro entendimiento de la política. “¿Qué es el propio gobierno… “ se preguntaba James Madison, “si no uno de los mejores reflejos de la naturaleza humana?” Las nuevas ciencias de la mente están reexaminando las conexiones entre la política y la naturaleza humanas, que estaban siendo ampliamente discutidas en la época de Madison y que era una época en que suponíamos que los seres humanos eran o bien hojas en blanco o bien actuaban racionalmente. Los humanos, como nos vamos dando cuenta poco a poco, actuamos más bien de forma moralista, guiados por normas y tabúes sobre la autoridad, la tribu y la pureza y nos mueven inclinaciones conflictivas entre la venganza y la reconciliación. Estos impulsos actúan normalmente sin que nos demos cuenta, pero en ciertas ocasiones podemos superarlo mediante la razón y el debate. Empezamos a entender el por qué estos impulsos evolucionaron; cómo están implementados en el cerebro; como cambian de un individuo a otro, de una cultura a otra y entre subculturas, y que condiciones los disparan o los desactivan.

 

La aplicación de la ciencia a la política no sólo enriquece nuestro ideario, sino que también nos ofrece los medios para vislumbrar cual de ellos es más probable que sea correcto. Los debates políticos se basan tradicionalmente en casos concreto, la retórica y lo que los ingenieros de software llaman HiPPO (highest-oaud person’s opinión, o la opinión de la persona mejor pagada). No es de sorprender que las controversias queden entonces sin solucionar. ¿Luchan las democracias entre sí? ¿Pasa lo mismo con las personas que hacen un trato? ¿Mantienen las fuerzas de paz realmente la paz? ¿Las organizaciones terroristas consiguen lo que quieren? ¿Y los movimientos de no violencia al estilo de Gandhi? ¿Los rituales de reconciliación tras un conflicto son efectivos a la hora de prevenir que resurja el mismo?

 

Los aficionados a la historia pueden dar ejemplos que sostengan cualquier respuesta a esas preguntas, pero eso no significa que estas sean irresolubles. Los hecho políticos están sujetos a muchas fuerzas, así que es posible que una de dichas fuerzas que sea potente en general, en un caso particular sea débil. Con la llegada del tratamiento de datos –el análisis de una gran cantidad de datos de libre acceso, bien sean números o texto- las señales pueden ser diferenciadas del ruido y los debates sobre historia y política pueden resolverse de forma más objetiva. A día de hoy, la mejor respuesta que podemos dar a las preguntas que he enumerado arriba (si promediamos, dando el mismo valor a todas las cosas) son no, no, no, sí, no, sí y sí.

 

Las humanidades son el ámbito en el que la intrusión de la ciencia ha producido la reacción más intensa. Sin embargo, es justo este campo el que más parece necesitar una inyección de nuevas ideas. Según muchos, las humanidades tienen problemas. Los programas universitarios están empequeñeciendo, la siguiente generación de académicos está des- o sub-empleados, la moral se está hundiendo, los estudiantes se mantienen apartados en masa. Ninguna persona reflexiva debería sentirse indiferente ante la desinversión de nuestra sociedad en humanidades, que son indispensables para una democracia.

 

Los diagnósticos de los males de las humanidades apuntan a las tendencias antiintelectuales en nuestra cultura y a la comercialización de nuestras universidades. Pero una evaluación honesta tendría que reconocer que una parte del daño es autoinflingido. Las humanidades todavía tienen que recuperarse del desastre del postmodernismo, con su desafiante oscurantismo, su relativismo dogmático y su sofocante corrección política. Y han fallado al tratar de definir una agenda progresista. Varios rectores universitarios y prebostes han lamentado ante mí que cuando un científico entra en su oficina, es para anunciar alguna emocionante nueva oportunidad de investigación y pedir los fondos para llevarla a cabo. Sin embargo, cuando un académico de humanidades entra, es para pedir respeto por las formas en que las cosas siempre se han hecho.

 

Esas formas merecen respeto, y puede no haber una sustitución a la lectura detenida, descripción densa y profunda inmersión que un académico erudito puede hacer a un trabajo. ¿Pero deben ser esos los únicos caminos hacia el entendimiento? La consiliencia con las ciencias ofrece a las humanidades incontables oportunidades. El arte, la cultura y la sociedad son productos de los cerebros humanos. Se originan en nuestras facultades de percepción, pensamiento y emoción, y se acumulan y difunden a través de las dinámicas epidemiológicas por las que una persona influye a otras. ¿No deberíamos tener curiosidad para entender estas conexiones? Ambos lados ganarían. Las humanidades podría disfrutar de la profundidad de las explicaciones científicas, por no hablar de la implantación de una agenda progresista que atrae a los decanos y donantes. Las ciencias podrían cuestionar sus teorías con los experimentos y fenómenos naturales ecológicamente válidos que han sido tan abundantemente caracterizados por los humanistas.

 

En algunas disciplinas, esta consiliencia es un hecho. La arqueología ha pasado de ser una rama de la historia del arte a un ciencia de alta tecnología. Lingüística y filosofía del pensamiento se funden  con la ciencia cognitiva y la neurociencia.

 

Opciones similares están aún por explorar. Las artes visuales podrían aprovecharse de la explosión de conocimiento en la ciencia de la visión, incluyendo la percepción del color, formas, texturas y luces, y la evolución de la estética de rostros y paisajes. Los estudiosos de la música tienen mucho de que discutir con los científicos que estudian la percepción del habla y el análisis del cerebro del mundo auditivo.

 

Y con la Literatura, ¿por dónde empezar? John Dryden escribió que un trabajo de ficción es “una imagen justa y vivaz de la naturaleza humana, representando sus pasiones y humores, y los cambios de fortuna que sufre, para deleite e instrucción de la humanidad”. Los lingüistas pueden iluminar los recursos de la gramática y del discurso que permiten a los autores manipular la experiencia imaginativa del lector. La psicología cognitiva puede dar una idea sobre la habilidad del lector para reconciliar su propia conciencia con la del autor y los personajes. La genética del comportamiento puede actualizar las teorías populares sobre la influencia parental con los descubrimientos sobre los efectos de los genes, las relaciones y el azar, que tienen profundas implicaciones en la interpretación de las biografías y autobiografías y que tiene también mucho que aprender sobre la psicología cognitiva de la memoria y la psicología social de la autopresentación. La psicología evolutiva puede dintinguir las obsesiones que son universales de aquellas que son exageradas por una cultura en particular y puede exponer los conflictos inherentes y las confluencias de interés en familias, parejas, amistades  y enemistades que llevan a las conspiraciones.

 

Y en la política, el uso del análisis de los datos aplicado a libros, periódicos, correos y partituras puede llevar a unas expansivas “humanidades digitales”. Las posibilidades para la teoría y el descubrimiento están limitadas solo por la imaginación, e incluyen el origen y la difusión de las ideas, redes de influencia artística e intelectual, la persistencia de la memoria histórica, la aparición y desaparición de temas en literatura y los patrones de la censura y tabú oficiosos.

 

Sin embargo, muchos estudiosos de humanidades han reaccionado ante esas oportunidades como el protagonista del libro de gramática en el ejemplo del tiempo futuro con carácter volitivo: “Me ahogaré; nadie me salvará.” Dándose cuenta de que esos análisis aplanan la riqueza de los trabajos individuales, usan los adjetivos habituales: simplista, reduccionista, ingenuo, vulgar, y sobre todo, cientificista.

 

La queja sobre la simplificación es espuria. Explicar algo es exponerlo usando principios más generales, lo que siempre conlleva cierto grado de simplificación. Sin embargo, simplificar no es ser simplista. Una apreciación de los detalles de una obra puede coexistir con explicaciones a muchos otros niveles, desde la personalidad del autor hasta el medio cultural, las capacidades de la naturaleza humano, y las leyes que rigen los seres sociales. El rechazo de una búsqueda de tendencias generales y principios recuerda al imperio de ficción de Jorge Luis Borges en el que “el Gremio de Cartógrafos trazó un mapa del Imperio cuyo tamaño era el del Imperio, coincidente punto por punto. Las siguientes generaciones … encontraron Inútil el vasto Mapa y han permitido la decadencia y el refriego bajo el Sol y los inviernos.”

 

Y las críticas deberían ser cuidadosas con los adjetivos. Si algo es ingenuo y simplista, lo es la convicción de que los antiguos silos de la academia deberían ser fortificados y que debemos estar satisfechos para siempre con los actuales modos de dar sentido al mundo. Seguramente nuestras concepciones de la política, cultura y moralidad tienen mucho que aprender de nuestro mejor entendimiento del universo físico y de nuestra estructura como especie.

 

Steven Pinker es editor en The New Republic, Profesor de Psicología en la Universidad de Harvard y el autor de The Better Angels of our Nature: Why Violence Has Declined.

 

Respuesta de Jackson Lears al artículo:

Al editor:

 

Steven Pinker debería ser más cuidadoso con sus investigaciones. En el artículo “La ciencia no es tu enemigo” (The New Republic, 19 de Agosto de 2013), deforma mi punto de vista al citarme fuera de contexto. Hace referencia a una cita que da a entender que culpo a la ciencia de todas las catástrofes del siglo XX, y dice que ese es el caso típico que usa la izquierda como ataque. En realidad no estaba atacando nada. Si se hubiera preocupado por leer el artículo entero,o unas pocas frases, habría sabido que estaba explicando la caída de la fe positivista en que el conocimiento científico puede mantenerse al margen de las instituciones humanas y sus imperfecciones. El siglo XX nos ha mostrado que los “científicos son tan corrompibles por el dinero, el poder o la ideología como el resto”, escribí, y además añadí que por supuesto la ciencia seguía siendo “un medio práctico de promover el bienestar humano: los laboratorios a mitad de siglo produjeron vacunas y medicamentos, al igual que bombas atómicas” Para alguien que dice perseguir la verdad objetiva, Pinker es extraordinariamente procliva a alterar las pruebas cuando le sirven a sus necesidades ideológicas. La distorsión que hizo de mis puntos de vista no es buena ciencia. Simplemente es una mala polémica.

 
Artículo original publicado por Steven Pinker en New Republic

Imágenes: UIG via Getty Images y The Linder Gallery, c.1622-1629, Cordover Collection, LLC

*En la traducción de este artículo han participado Alejandro Mendoza, Nahúm Méndez y David Bañón.

Traductor

Estudié Física y trabajo en educación en STEM. Colaboro en @Principia_io, @pintofscienceES y @elbuscalibros

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